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Ser uno con Dios, Edith Stein,

Ser uno con Dios

Cristo es la cabeza, nosotros los miembros del cuerpo místico, to cual implica que nuestras relaciones mutuas son de miembro a miembro, y todos los hombres somos uno en Dios, una única vida divina. Si Dios es amor y vive en cada uno de nosotros, tenemos que amarnos con amor fraternal. Por eso nuestro amor al prójimo es la medida de nuestro amor a Dios. Sin embargo, este último es distinto del amor natural que tenemos por los hombres. El amor natural surge entre aquellos que están unidos por un vínculo de sangre, por afinidad de carácter o por intereses comunes. Los otros son «extraños», que poco nos interesan y que incluso pueden provocarnos un cierto rechazo, de tal manera que hasta los evitamos fisicamente. Para los cristianos no existen los « hombres extraños». Nuestro «prójimo» es todo aquel que tenemos ante nosotros y que tiene necesidad de nosotros, y es indiferente que sea nuestro pariente o no, que nos caiga bien o nos disguste, o que sea «moralmente digno» o no de ayuda. El amor de Cristo no conoce límites, no se cansa nunca y no se asusta ante la suciedad o la miseria. Cristo vino para los pecadores y no para los justos. Y si el amor de Cristo vive en nosotros, entonces actuaremos como él, a iremos en busca de las ovejas perdidas...

Edith Stein,
en Escritos esenciales,
Editorial Sal Terrae, Santander, p.58.

publicado el 20 de abril de 2007

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